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¿Eres una… amiga?

marzo 31, 2021

Estoy esperando que suceda.

La escena tiene todos los detalles para ponerme en guardia: en un encuentro sorpresa, chica nota que chico se emociona y trata con d-e-m-a-s-i-a-d-a familiaridad a otra chica. Salen a relucir puntos en común, uno termina la frase del otro… y chica está en la periferia, excluida del momento.

Siento que mi pupila quiere ir hacia arriba, esconderse en el párpado. Me asalta un ligero impulso de detener la película, de frenar lo que me parece inevitable: otro cliché de rivalidad femenina.

Me digo que los ejemplos de hostilidad entre mujeres siempre han existido y en múltiples tópicos, aunque mis enumeraciones “favoritas” son las representadas en la literatura y el cine:

  • Los tres intentos de la madre/madrastra (según la versión que se lea) de Blancanieves de asesinarla debido a su belleza.
  • El hada no invitada al cumpleaños de Aurora que echa por la borda las bendiciones de sus congéneres y maldice a la niña para condenar el futuro del reino y castigar a los padres. Aquí es curioso señalar que las hadas que sí fueron invitadas acudieron en calidad de “madrinas” de la princesa, mientras que el hada no invitada, en un arranque de cólera, usurpa esa función y una vez más tenemos una figura maternal (la madrina) encarnada de manera negativa.
  • Babi cayéndose a piñas con la ex de Step (Tres metros sobre el cielo) para marcar territorio.
  • Jesse, asesinada y devorada por la competencia que, de nuevo, envidiaba su belleza (The Neon Demon).
  • El slut-shaming de las villanas de telenovela venezolana que procuraban desmerecer a sus rivales ante los ojos del galán de turno (porque una mujer “promiscua” nunca es atractiva en una sociedad machista, eso es un exceso de libertad sobre cuerpos cuyo destino es volverse la propiedad de otro).
  • Nicole Kidman gritándole a Mia Wasikowska que “no puede esperar que el mundo la destruya” en el film Stoker, donde ambas participan en una relación madre-hija ambivalente.
  • Raya y Namaari enfrentadas por un conflicto de poder que las hace traicionarse y desconfiar de la otra constantemente (Raya and The Last Dragon).

Y volvemos a la escena del principio. La cámara enfoca un primer plano del rostro de chica. Su expresión cambia de la confusión al extrañamiento, frunce el ceño cuando chico por fin la presenta y ella lo hace a un lado para encarar a “la otra”.

“¿Eres una chica?”, interroga. “¿Eres una chica?”, insiste, y olfatea el cuerpo de la otra, a la que es capaz de alzar con una sola mano. Estoy a la expectativa, tratando de interceptar señales de alarma en aquel gesto, pero lo que noto es curiosidad.

Y entonces, llega la pregunta que me derrite: “¿Eres una chica… amiga?”.

Me provoca darme un tortazo: ¿cómo he podido dudar así de Dreamworks? El estudio famoso por retorcer los estereotipos de género en una clave humorística que casi roza la ironía. El estudio que nos dio a Fiona (Shrek), la princesa que eructa, se echa peos, sabe artes marciales y elige ser “fea” (según la norma canónica) para corresponder el amor de un ogro.

El mismo que también nos retrató a Marina (Simbad: Leyend of The Seven Seas), princesa con representación política en el reino de Siracusa que se va como polizón en un barco pirata para obligar a un ladrón a cumplir una promesa. Simbad es una de esas películas con doble viaje del héroe porque también vemos el cronotopo de la heroína. Marina es una pieza clave en la travesía al ser la única que no resulta afectada por el canto de las sirenas, sabe reparar barcos y si la sacan de onda también es muy capaz de dirimir conflictos con los puños.

Incluso podemos irnos bajo tierra y recordar a la princesa Bala (Antz), secuestrada y expulsada de su colonia de hormigas por accidente, para regresar a transformar el sistema monárquico y conservador que su madre ha sostenido por años, y que después se ve amenazado por un golpe militar. Y sí, estamos hablando de hormigas, porque, de nuevo, ¿qué mejor manera de representar conflictos políticos sino a través del ejemplo de insectos que se rigen por un mundo estrictamente jerárquico?

Desde luego, personajes femeninos fuertes no le faltaban a Dreamworks. Eso estaba tachado de la lista. La materia pendiente era la amistad entre mujeres y en Los Croods 2 construyen la trama de forma maravillosa, ramificándola en:

  • Visiones encontradas sobre la maternidad: la “liberalidad” de Ugga versus los tintes castradores de Hope.
  • La complicidad femenina: en lugar de criticar o rechazar a la otra por sus diferencias (tanto físicas como psicológicas), Eep y Dawn, las hijas adolescentes, tratan de aprender de las experiencias de la otra y se acompañan en el desafío de sus propios límites y prejuicios.
  • Sororidad: en su papel de matriarca, la abuela Gran revive una y otra vez la historia de las hermanas Trueno, una tribu de guerreras que se apoyaban la una a la otra ante las adversidades. Esta idea de los lazos femeninos positivos termina extendiéndose entre las integrantes de las dos familias en disputa: los Croods y los Betterman (Siemprebien).
  • La diversidad de cuerpos: mujeres musculosas, calvas, con cicatrices, esbeltas, robustas, con frizz o sin él. Valorándose según sus atributos y sin definirse por lo que creen que les falta o sobra al proyectarse en otras.

A estas alturas, querido lector, ya habrás notado que soy un poco obsesiva con las relaciones femeninas. No es adrede y me pregunto si habrás escuchado hablar de la agresión indirecta. ¿Te suena? Esa conducta shady en la que agredemos verbal o físicamente a otra persona, pero le restamos importancia disfrazándolo de chiste o tratando de que “no se note”. Las mujeres incurren mucho en esto, lector. Yo lo hice, recuerdo a otras que también lo hicieron.

La parte dolorosa es que éramos unas niñas. Y es dolorosa porque la agresión indirecta está bastante ligada a la sexualización, a la percepción “promiscua” que podemos tener de la otra. La vestimenta, la actitud, la belleza son todos atributos que pueden coincidir con rasgos considerados promiscuos y que se perciben como amenaza frente a las relaciones con el macho. Nos enseñamos a identificarnos como enemigas demasiado pronto. Formamos alianzas, alimentamos rumores, podemos tender al ostracismo.

Y este comportamiento es incentivado interna y externamente. ¡Nunca para, lector! En una oportunidad, durante mi época de pregrado, un amigo me invitó a una reunión. Uno de sus comentarios infaltables fue decirme que me “pusiera guapa” porque su novia iba a estar en el sitio. Es decir, consciente o inconscientemente, este amigo me estaba condicionando. Yo tenía que estar “guapa” porque sería sometida a escrutinio (por él o por cualquier observador hipotético en su cabeza) y comparada con su novia.

Competir, competir, competir. Sin descanso. Sin darnos cuenta.

Esta hostilidad latente, que laceró muchas de mis relaciones femeninas en la infancia, fue lo que me hizo buscar otros espacios. Me fijé en los varones, en su libertad de movimiento, de acción. Y todo fue bien hasta la adolescencia, cuando los abrazos y los juegos me valieron el mote de “puta” en boca de las vecinas del barrio que me veían “safrisca” por andar con niños; o de “hombruna” y “fácil” por parte de algunos de mis propios amigos que ya no podían ignorarme las tetas y me hicieron sentir que mi transición era una traición.

Me ha llevado años corregir las conductas negativas con respecto a mis iguales. Un aprendizaje que ha ido de la mano con el manejo de mis propias inseguridades.

Pero, tal como Eep, también yo tuve el día en que otras me miraron con curiosidad, se aproximaron y, por fin, nos reconocimos: éramos amigas.

Por Natasha Rangel

Página que celebra el conocimiento, en alusión a El Banquete de Platón. Quedarás tan lleno, que tendrás que desabrocharte el pantalón. ¡Buen provecho!

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